De Madrid me Rio de Janeiro

Disfrutando de una jornada festiva se me ocurrió que para encontrar algo de inspiración no había nada mejor que acudir al templo de relajación del siglo XXI: el parque. Si bien es cierto que en España no podemos presumir de grandes espacios verdes, si es factible encontrar una seria de hechos que, por el carácter abierto que nos otorga el clima cálido, es bastante más difícil descubrir en los países de nuestros hermanos mayores de Europa. Lo habitual que se puede encontrar allí debe ser común en cualquier parque: niños corriendo, parejas de enamorados, corrillos de jóvenes, deportistas haciendo footing o perros sacando a sus dueños (y llámese afortunado aquel que haya visto algún perro siguiendo a su dueño).

Puede que por el feliz recuerdo que tengo de mi infancia, no podía evitar dejar de observar a los niños, probablemente anhelando la facilidad con la que encuentran la felicidad en las cosas más banales. Había uno de ellos empeñado en beber agua. Como es lógico, el chico venía ya de vuelta. Parecía llevar toda la tarde revolcándose por los columpios y su aspecto, como el de cualquiera de nosotros cuando jugábamos en el recreo, distaba años luz de lo pulcro. Para subirse en la fuente precisó de hasta tres intentos. Yo tenía una corazonada: se va a caer. En el primero de ellos, efectivamente resbaló, cayó y se dañó la rodilla. En el segundo, más prudente, manchó de barro su camiseta. A la tercera, por fin, fue la vencida.

La victoria para el niño consistía en saciar su sed, porque cuando existe una necesidad humana no importa el cómo, sino el conseguirlo. Ironías del destino, a diez metros de la fuente otro chico pedía agua a su madre. Esta sacó de su bolso una botella de agua fresca, se la dio y el niño bebió.

En ese momento fui consciente de una obviedad: todos conseguimos saciar nuestras necesidades, solo que aquellos que tienen más recursos lo hacen mas fácilmente, mientras que otros con menos posibilidades deben hacerlo superando dificultades, con insistencia y sufriendo las consecuencias del esfuerzo.

El lema de la candidatura de Madrid para organizar los Juegos Olímpicos en 2016 rezaba “Tengo una corazonada”. Yo tenía la misma corazonada que cuando el chico quería beber agua. Pero no era la corazonada que los organizadores de Madrid 2012 y 2016 tenían cuando años atrás le deban la organización de los Juegos de 2012 a Londres, y de 2016 a Río de Janeiro. O la corazonada que volverán a tener en 2020 si finalmente deciden presentarse, y que se repetirá eternamente cada cuatro años, hasta que por bemoles, Madrid fuese ciudad olímpica. Y por fin, ¡Gracias Madrid!

A la capital española le ocurre lo mismo que al chico de la fuente. Madrid necesita ser olímpica. Necesita evolucionar, avanzar 10 años de golpe, sentirse capital del mundo. Pero no puede porque no llega. Porque siempre va a haber otra Londres, otra Rio de Janeiro o la que venga, que no haya perdido fuerzas entre intento e intento. Su insistencia es fruto de la necesidad por verse crecer como capital y situarse junto a sus hermanos mayores capitales de los grandes países. En el camino Madrid se fue dejando la dignidad ante los ojos de todo el mundo que ha visto como caía una y otra vez y su candidatura era negada por no darse cuenta que para ser ciudad olímpica primero tiene que ser ciudad.

Así pues, sólo me queda plantearme una cuestión; el chico del parque tras varios intentos logró beber agua pero ¿Cuántos intentos necesitará Madrid para ser Olímpica?

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