Todos los jugones sonrien igual

“Bienvenidos al curso baloncestístico…” Así solían comenzar las lecciones del maestro Andrés Montes. Más de 13 años después de que comenzaran esas clases ha quedado un amplio legado cultural suficiente como para completar toda una jerga propia del argot deportivo. Su diccionario del jugón esta compuesto por todo un léxico de expresiones que nos han hecho las lecciones deportivas mucho más cercanas y comprensibles.

Pensando que la vida puede ser maravillosa me decidía a trasnochar cada madrugada dispuesto a recibir las lecciones del curso baloncestístico impuestas por los profesores A. Daimiel y el señor Montes. Eran dos verdaderos jugones de la locución, maestros de la narración deportiva, que decían pertenecer al Calabazas Club, por estar trabajando a las horas más propias de los dos rombos. Lo cierto es que a pesar de todo, crearon una gran cantidad de seguidores incondicionales dispuestos a disfrutar de sus lecciones a pesar de que algún miembro del Club Cortacircuitos S.L. quisiera electrocutar la retransmisión. Aún en este caso, el maestro Montes tenía recursos para todo; bastaba con llamar al sector intendencia con servicios multiusos las 24 horas del Día en albañilería, electricidad, fontanería y todo tipo de reformas en general.

Fueron unas lecciones dignas del mejor paladar baloncestístico a degustar en el Club del Gourmet, saboreando un buen pincho de merluza o unos deliciosos churros de Bonilla y todo elloacompañado de una buena copa del Club del cristal de bohemia. Todos los lujos propios del mejor Club de Melrose Place, son pocos para endulzar las retransmisiones de los maestros del basketball americano. Y ya podía yo encontrarme paseando a Miss Daisy, comprándome unas manoletinas o bailando el Blues de Amarrategui, que me bastaba con escuchar la melodía de seducción que anunciaba la cabecera de la NBA para salir pitando cual correcaminos, mic mic! Y comenzar con una nueva clase de aprendizaje.

En el curso tenia compañeros de todas las edades; algunos tan jóvenes que lo seguían en el Club al salir de clase. Y de todas las razas y oficios; desde los negritos del top manta repartiendo Estopa Mix, pasando por los Funky Man, hasta los camareros de raza blanca, tiradores de la mejor cerveza. El hecho es que eran unas lecciones muy amenas donde lo importante, en la mayoría de los casos, no era lo que sucedía, sino la forma en la que era contado; de manera limpia y clara, sin cicuta que envenenara el relato.

La música es un elemento necesario e imprescindible que no podía faltar en cualquier clase del maestro Montes, y a la vez ha sido uno de los mejores aliados del diccionario del jugón. Como muestra, encontramos: para los mas veteranos el Club del “Good Morning Vietnam”; para aquellos que firmaban contratos suculentos y perdían la motivación por competir, el Club del “Se dejaba llevar…”; y para los simpatizantes del consumo de drogas el Club de “Como me pica la nariz…”.

Pero si de algo podía presumir el curso baloncestístico era de su universalidad. Nacía del baloncesto, pero llegaba a cualquier ámbito de la vida, por ejemplo, el cine. Por ello, para los mas pequeños encontrábamos a los Picapiedra, que ente piedra y piedra nos hacia sonreir al grito de ¡Vilma, Ábreme la puerta! Para los simpatizantes de Disney, los tiros libres se convertían en toda una expectación gracias a los accionistas mayoritarios del club de Gepetos Brothers. Por otro lado, si te gustaba el cine de acción tenías opciones tan clásicas como el Club de Gladiator o el Club de Danko Calor Rojo. Pero aquí no acaba la cosa. Para los más religiosos, fieles de la música más celestial está el Club del Gospel. Y por supuesto, también para los futboleros había un hueco en el Club de Onésimo.

El diccionario del jugón se compone de un lenguaje divertido, cercano, compuesto por estos términos citados anteriormente y otros muchos que valdrían para completar la mejor enciclopedia baloncestística. Por todo ello, y como humilde homenaje al maestro Andrés Montes, en nombre de tus alumnos del curso baloncestístico, me llena de satisfacción escribir aquello de… Que suerte tuvimos de haberte conocido.

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